jueves, 2 de octubre de 2008

Castillo de Almansa (Albacete)

El castillo de Almansa (Albacete) se alza sobre un escarpado cerro en la parte norte de la ciudad. Los varios recintos de murallas y torres semicirculares trepan por las rocas hacia la cima, donde se asienta la maciza torre del homenaje, de origen árabe.

Setecientos metros sobre el nivel del mar. Imponente mole dominando las casas que están muy cerca, lamiendo casi los muros. Fue árabe antes que cristiano y, en la lucha de Isabel contra los partidarios de la Beltraneja, se puso a favor de la primera a pesar de que muy cerca -en Belmonte- estaba la segunda bajo la protección o tiranía -no se sabe con exactitud- del marqués de Villena.


Pero su nombre está asociado a una lucha dinástica mucho más importante: la que, muerto Carlos II, enfrentó a los filofranceses partidarios de que entrara a gobernar la casa de Borbón y los que mantenían que el auténtico señor tenía que ser, como en los dos siglos anteriores, un Austria. (En ese caso había que ir a buscarlo a Viena con el nombre de archiduque Carlos.)
Almansa, en la provincia actual de Albacete, linda con territorios que fueron en seguida partidarios del archiduque, como Valencia. A su espalda está, en cambio, Castilla, que votó desde el primer momento la causa felipista. Era lógico que en su terreno se enfrentasen las posturas contrarias de la guerra civil que, como toda guerra civil -y la del 36, como se sabe, no fue una excepción- estaba apoyada por extranjeros en sus dos bandos, con Inglaterra y Holanda contra un Luis XIV que amenazaba hacerse demasiado poderoso al incorporar a su imperio a través de su familia, a España y sus posesiones. La batalla tendrá lugar en Almansa. No por su castillo que las armas del tiempo hacen ya fácil de destruir, sino en una llanura cercana al pueblo. Por una vez leamos, en lugar del petulante parte de guerra del vencedor, la humilde confesión del derrotado:


"Ayer atacamos a los enemigos en Almansa donde me temo que hemos sido enteramente derrotados porque hasta ahora no aparece nada de nuestra caballería ni infantería." Escribía un inglés que había sido derrotado por un francés. Felipe, que ya casi puede llamarse V de España (lo confirmará en Villaviciosa y Brihuega) comunica a la Universidad de Salamanca la victoria que naturalmente se debe a Dios, a quien enrolaban los generales siempre a su lado en cuanto había guerras: "Reconociendo de la mano misericordiosa de Dios este singular favor de tanta ventaja y gloria para mis valerosos y fieles vasallos."


Enríquez de Navarra describe la primera carga:


La primera estación era del día

cuando ver se dejaron los pendones

enemigos, cargando su osadía

avanzados piquetes y escuadrones,

recibió la formada valentía

animosa oponiendo batallones,

que a tu lado aprendía con denuedo

a no entender las voces que da el miedo.


Ahí, en esa primera embestida, parece que se inició la derrota austroinglesa, porque como cuenta L. Dollon de parte de lord Galloway, éste "fue herido desde la primera carga de un sablazo en un ojo; desde ese accidente, todo fue desorden y confusión y se puede decir que la victoria de los enemigos es completa".


Habla Dollon también en su "parte de guerra" del castillo de Alicante, al que habrá que avituallar en caso de asedio, un motivo más para que dos meses después -veintinueve de junio de 1707- se arrebaten al reino de Valencia los fueros y privilegios que tenía: "Siendo mi voluntad que éstos (reinos de Valencia y Aragón) se reduzcan a las leyes de Castilla", a las que antes había llamado "tan loables y plausibles en todo el universo".


Si valencianos y catalanes habían preferido al de Austria por temor al centralismo de que habían dado pruebas los Borbones desde los tiempos de Richelieu, con su elección no hicieron más que adelantar la caída de sus libertades forales.


El castillo de Almansa desde los ojos de sus troneras había visto algo más que una batalla en que cayeran unos hombres; había visto una batalla en que cayeron unas libertades y en que el rey cambió de apellido.

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