viernes, 31 de octubre de 2008

Castillo de Bellver (Palma de Mallorca)


El castillo de Bellver, cerca de Palma de Mallorca fue construido a partir de 1309 bajo la dirección del maestro Pere Salva para Jaime II de Mallorca.

Su línea es totalmente circular: la planta, el patio interior, de dos pisos, las tres torres y los cuatro garitones. Enlazada mediante un arco ojival, se halla en su exterior la torre del homenaje, también circular, de unos quince metros de altura.

No hay en la geografía española un castillo que engañe más...

Al que llega en barco a Palma de Mallorca - hay que llegar siempre en barco, si el que arriba quiere saber lo que es un paisaje dando la bienvenida - le recibe el amplio abrazo de la bahía entre el azul del mar, el verde del bosque, el blanco grisáceo de los edificios y allá arriba, como una guinda del pastel de recepción, una fortaleza arregladita, coqueta, perfecta, sin un boquete que indique el paso del tiempo, completa en sus cubos, en las piedras de la muralla. Está tan en su puesto, combina tan bien con el paisaje que le circunda que parece que Dios, después de dibujar y pintar todo el contorno de la bahía decidiera: «Falta algo... ¡ Ya!, un castillo, un castillo en la cumbre. Como los que hacen los niños en la arena...»

Y, sin embargo, en ese castillo está el reflejo del dolor de España, del dolor físico y del dolor moral, de la injusticia social y de la injusticia intelectual. Porque el castillo de Bellver no se recuerda tanto por su historia militar como por su historia celular. Bellver no mantenía a los enemigos fuera de los lienzos de su muralla, sino dentro, en forma de prisioneros.

Por ejemplo, a lo que se llamó escoria de la sociedad, a los que se reunían allí antes de ser destinados a los barcos de su majestad, los forzados al remo: los galeotes.

«Doce hombres a pie ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos y todos con sus esposas en las manos»... Así los vio don Quijote y se asombró que el rey hiciera fuerza a la gente. Por ello se interpuso entre la justicia y sus víctimas, porque le pareció que sus delitos - robo de ropa, de caballos, celestineo, incesto- no eran como para que privasen a un ser humano de su libertad. (El agradecimiento de los liberados, como se sabe, fue darles de pedradas a él y a Sancho.)

Los que no tenían la suerte de encontrar en su camino a un «desfacedor de entuertos» venían aquí a Bellver, donde esperaban su destino, y nunca el nombre tuvo resonancias más realmente definitorias. Un destino que consistía en estar atado a un remo que había que mover a compás del grito y a veces del latigazo del cómitre.

En esto se descubrieronde la Religión seis velas;y el cómitre mandó usar al forzado de su fuerza.
...contó Góngora del cristiano que remaba para sus enemigos, como en los barcos cristianos había remeros moros.

Pero los galeotes de Bellver van en barcos suyos sirviendo al rey por cuatro, por seis, por ocho años o por toda la vida. Sufren del calor, de la sed, del hambre; si el barco en que van se hunde por tempestad o por acción enemiga, no habrá, muchas veces, tiempo de cortar sus cadenas y se hundirán con él; si es capturado por el enemigo berberisco o turco, seguirán sujetos al banco como prisioneros a no ser, como ocurría a menudo, que se pasen a la secta mahometana para obtener la libertad. Esos renegados son los peores enemigos de sus antiguos dueños. No les dan cuartel a sabiendas de que, si les capturan, tampoco lo obtendrán de los españoles.

Por Bellver pasaron muchos las últimas horas antes de ser embarcados despidiéndose de una tierra que muchos no volverían a ver si no era por encima de una borda. El dulce paisaje mallorquín fue para ellos marco de la amarga revisión de su vida: «¡Por qué lo haría...! »
Dos siglos más tarde hay en este castillo un hombre que también se pregunta sobre la injusticia humana, pero sin arrepentimiento, porque sabe que él tuvo la razón y su carcelero el error. Se llama Gaspar de Jovellanos y es uno de los ilusos que durante siglos han intentado conciliar en España algo tan dispar como tradición y evolución. Era un «ilustrado»; naturalmente fue enemigo de las dictaduras y naturalmente fue encarcelado por alguien llamado el primer dictador de nuestro tiempo: el privado real Manuel Godoy.

Sufrió condena, estudió, reflexionó largamente sobre el país y sus problemas y cuando salió tuvo que enfrentarse con un dilema impresionante. Por un lado los franceses tan ilustrados como él, trayendo el código civil, el final de la presión eclesiástica. Renovadores y modernos. Por otro la cerrazón, la inquisición, el fanatismo... pero también la Patria. Jovellanos escoge y explica así su elección al general francés que se asombraba de ello: «No lidiamos, como pretendéis, por la inquisición ni por soñadas preocupaciones, ni por el interés de los grandes de España; lidiamos por los preciosos derechos de nuestro rey, nuestra religión, nuestra constitución y nuestra independencia», y promete que la nación «tiene bastante celo, firmeza y sabiduría para corregir los abusos que la condujeron insensiblemente a la horrorosa suerte que la deparaban».

Luego vino Fernando VII, las «caenas» y la inquisición, y un nuevo ilustre huésped sustituyó a Jovellanos en el dolor injusto y el escándalo de la Europa liberal. El general Lacy, héroe de la independencia, cuyo nombre queda grabado en los muros en patéticos recuerdos: «Sentado en este sitio, Lacy, desfallecido, pidió pan al centinela», y la trágica despedida para la posteridad: «Acaban de leerme mi sentencia de muerte. Tú, cualquiera que seas, si amas la Patria, acuérdate del pobre Lacy.» Fue fusilado en el patio de armas el 5 de julio de 1817.
Pero, aun así, Jovellanos no se había equivocado. Fernando había sido un español indigno, pero en la elección del escritor asturiano contaba más el primer adjetivo que el segundo. Porque la política puede cambiar - y cambió con María Cristina - pero la reforma tenía que ser española o no ser.

Bellver, el de dulce aspecto y tétrica historia, fue testigo de ello.

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