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viernes, 31 de octubre de 2008

Castillo de Belmonte (Cuenca)


El castillo de Belmonte (Cuenca) es uno de los más hermosos que se han conservado en España. Es especialmente precioso el interior, con un patio de dos pisos de galerías ojivales, ricos artesonados, soberbias chimeneas, ventanas labradas. El propio castillo es de planta estrellada, con robustas torres cilíndricas y un doble cinturón de murallas exteriores.
Este es un castillo literario. Porque tuvo entre sus muros a escritores de fama y porque en él anidan extrañas leyendas. Aquí vivió don Juan Manuel en el siglo XIV, por ejemplo. y nunca mejor dicho por ejemplo, porque escribió un libro así llamado: “De los enxiemplos” o ejemplos. Era lo que se llama un escritor moralista. En general el escritor moralista es un hombre que propugna en sus libros la moral que él no tiene en su vida privada, lo cual, si bien se mira, tampoco es para criticar demasiado. Peor sería que, además de vivir mal, aconsejara a la gente que hiciera lo mismo... Al fin y al cabo, hay mucha más gente que lee un libro que los que saben de las andanzas de su autor, de forma que el enxiemplo del primero cunde más que el del segundo. “Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago” advierte Sempronio a Calisto en el primer acto de la Celestina. Y así don Juan Manuel habla en su primer cuento del fiel cortesano al que los envidiosos pusieron a mal con el rey, pero que pudo probar su fidelidad. Aviado estaba don Juan Manuel si el rey Alfonso XI le hubiera puesto igualmente a prueba. Don Juan Manuel, quizá porque, siendo nieto de Fernando III el Santo, no se sentía demasiado obligado a fidelidades con otros monarcas, jugó toda su vida a sacar lo máximo posible de ellos. Cuando uno se resistía a sus demandas, se sublevaba abiertamente contra él, y para ello le daba igual apoyarse en portugueses que en aragoneses o en granadinos, es decir en los musulmanes enemigos de su fe, para conseguir poder y prebendas.
Tampoco le importó mucho dejar que sus caballeros asaltasen y robasen a viajeros que cruzaran sus extensas tierras, siempre que le diesen parte del botín. Ni que los benimerines tomasen Gibraltar cuando el rey Alfonso XI no quiso pagar su ayuda militar con privilegios tan exorbitantes como que su ducado en tierras de Murcia fuera exento de todo tributo real y con permiso incluso de acuñar moneda. El rey tenía que jugar con esas mismas armas o ir casando familiares con los reyes aragoneses, portugueses y pagando a musulmanes para poder acabar con él.
Pero incluso cuando le venza en el campo de batalla tendrá que mantener en todas sus riquezas y posesiones al inquieto, difícil y ambicioso don Juan Manuel......Que en su libro aparece como sensato, tranquilo, lleno de sentido común.
Como en el cuento del “mozo que casó con mujer brava “ por lo que todos le daban por perdido y tanto la asustó en la primera noche que ella se humilló de forma que nadie la reconocía. (De ahí salió La fierecilla domada de Shakespeare.) O en el de doña Truhana que llevaba una olla de miel en la cabeza soñando con ganancias multiplicadas y que nosotros conocemos por la historia posterior de la lechera y su cántaro. O el de los mercaderes que hacían al monarca un paño que sólo podía ver aquel que fuese hijo de su padre legítimo hasta que un negro, al que no se le daba nada de su fama -era negro y esclavo-, desveló el cuidado secreto de que el rey iba desnudo.

Eso escribía desde Belmonte quizá; y con estos escritos probablemente sencillos, ingenuos, suaves, se distraía don Juan Manuel de su vida real de ambiciones y codicia, de sus múltiples engaños políticos.
Y en el siglo siguiente, el XV, otro asombroso propietario del castillo de Belmonte; el difícil, misterioso marqués de Villena, cuyas vueltas y revueltas hicieron bueno al tornadizo Juan Manuel. Por cada vez que éste mudó de postura política en busca del poder y la riqueza, Villena lo hizo diez. Sus saltos políticos casi marean. Protegido de Alvaro de Luna, se revuelve contra él cuando está a punto de caer su privacía con Juan II, y lo mismo hace a otro protector, Enrique IV, a quien quitará personalmente el cetro real en la humillante deposición. ¿Está pues a favor de la infanta Isabel? Sólo hasta que se entera de que ella va a casarse con Fernando de Aragón, cuando Villena y los otros nobles esperaban que lo hiciera con Alfonso V de Portugal, quien aceptaba dejar Castilla en manos de los aristócratas. En vista de que Isabel se porta así, Villena decide que se ha equivocado en su juicio anterior. Enrique IV ya no es el Impotente, como le llamaron antes. Juana es verdadera hija suya y legítima heredera del trono. Lo de «Beltraneja», por el supuesto padre Beltrán de la Cueva, no es más que una calumnia. ¡Viva doña Juana! Y cuando proclaman reyes a los que luego se llamarán “Católicos”, ofrece a la princesa asilo en Belmonte. Cómo sería de difícil y de poco fiar el marqués -con fama además de alquimista y nigromántico - que un buen día Juana la Beltraneja decidió que mejor era que no la protegiese.
Quizá para quitarle a Belmonte ese regusto de codicias, politiquerías, ambiciones bastardas, quiso Dios que unos años más tarde naciera en el pueblo un varón seráfico que, en lugar de pensar en la tierra, pensara en el Cielo; en vez de guerrear, predicara; en lugar de confundir, enseñara; en vez de guardar rencor, olvidara; el de Los nombres de Cristo, el de “Qué descansada vida -la que huye del mundanal ruido”; en fin, el que se venga de los perseguidores que le habían tenido injustamente en la cárcel Con un “decíamos ayer...”
En 1528 nació, a la sombra del castillo, quien iba a llamarse fray Luis de León.

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