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jueves, 2 de octubre de 2008

Castillo de la Mota (Valladolid)


Los orígenes del castillo de la Mota (Valladolid), se remontan a la alta edad media. En su forma actual fue edificado, al parecer, por Fernando Carreño en el reinado de Juan II (ca. 1440), aunque lo reformaron los Reyes Católicos, quienes lo dotaron de fosos, caminos de ronda protegidos, almenas, cañoneras para el tiro rasante de artillería y la gran torre del homenaje. Es de hormigón revestido de ladrillos.

Se compone de un castillo poligonal, en el que se halla la torre del homenaje, rodeado de un recinto exterior .

Una de las moles más impresionantes entre las fortalezas; su blasón, sobre la puerta principal, es el de los Reyes Católicos, y alrededor de ellos gira la mayor parte de su historia. Porque dentro de sus muros se decidió si "La Beltraneja" era realmente hija de don Beltrán de la Cueva, lo que, en caso de negarse, resultaría que era ella la auténtica reina de España, y no Isabel, hermana de Enrique IV. Aquí fue depuesto en efigie el desdichado rey; aquí llegó triunfalmente Isabel, ya dueña de Castilla; aquí ¿vivió? la pobre Juana la Loca pensando en su lejano príncipe Felipe... Horas enteras "transportada", dicen los médicos, con la mirada en el vacío a través de las ventanas, inmovilidad que se vuelve de pronto frenética actividad cuando le llega una carta de don Felipe. Es noviembre y doña Juana quiere iniciar el viaje de inmediato; don Juan de Fonseca le niega cabalgaduras y, al ver que a pesar de todo quiere salir a pie, manda levantar el puente levadizo. Agarrada a la reja, doña Juana insulta a su carcelero, le promete la muerte cuando sea reina; luego se niega a vestirse y a volver a su cámara, por lo que tienen que encender una hoguera junto a ella a fin de que no muera de frío... A los pocos días llega la reina Isabel, alarmada ante las noticias, y es recibida a gritos por una hija "furiosa como una leona púnica", como dirá el buen observador Pedro Mártir de Angleria. Se le quiere hacer notar que está enferma y contesta más irritada, incluso a su padre. En mayo embarcará, por fin, hacia Flandes, pero "su destino evidentemente era el castillo. En éste proclamará su padre, don Fernando, "Castilla por la reina doña Juana nuestra señora". En otro castillo, el de Tordesillas, vivirá aislada casi cuarenta y siete años hasta su muerte.


Aquí vivió prisionero el más célebre de los caballeros italianos del tiempo, César Borgia, hermano de Lucrecia, hijo de Alejandro, de la familia papal. De aquí escapó a pesar de sus altas murallas, descolgándose por una ventana al foso y montando en el caballo que le tenían preparado...Aquí vivió dos años otro famoso prisionero antes de subir al cadalso. Se llamaba Rodrigo de Calderón y era marqués de Siete Iglesias. Con su protector el duque de Lerma había dominado la política española en tiempos de Felipe III, y todavía más las haciendas, enriqueciéndose de forma increíble. Pero llegó Felipe IV; con él el conde de Olivares, y con los dos, la urgente necesidad de reformas fiscales que pidió el pueblo. Había que depurar, había que limpiar la corte de aprovechados que vendían los oficios al mayor postor, no importándoles la eficacia que pudiera desempeñar. Lerma se olió la tempestad y escapó a la justicia por el camino más hábil. Se acogió al asilo de la Iglesia, pero no simplemente protegiéndose tras sus muros, como un vulgar ratero. Para algo era duque de Lerma... Un noble de su talla debía entrar por la puerta grande, y así el Papa lo hizo cardenal, poniéndole a salvo de cualquier persecución.


Cantaba el vulgo :


"El mayor ladrón del mundo por no morir ahorcadose vistió de colorado."


No tuvo la misma suerte su segundo, Rodrigo de Calderón, quien fue juzgado, encontrado culpable de malversación de fondos y condenado a muerte. La gente que había acudido a sus fiestas cortesanas estuvo también presente en su suplicio. Llegaron alegres y se volvieron admirados porque Calderón, como tantos españoles, murió mucho mejor de lo que había vivido, colaborando con el verdugo que iba a degollarle... Allí nació el adagio, "con más orgullo que don Rodrigo en la horca" ; aunque, en realidad, por ser caballero, fuera degollado. Se hilaba muy fino en cuestiones de honra en aquel tiempo, tanto en la vida como en la muerte.


Una fortaleza con tal renombre de épocas gloriosas tenía que atraer la atención del régimen de Franco, cuyo ideario falangista preconizaba.

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