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jueves, 2 de octubre de 2008

Castillo de Peñafiel (Valladolid)


El castillo de Peñafiel (Valladolid), de planta alargada y estrecha, consta de dos recintos. El exterior, probablemente del siglo XI, tiene una sola puerta, defendida por los dos únicos cubos que presenta ese muro. El segundo, que mide unos 200 metros de largo por 20 de ancho, es de finales del siglo XII o principios del XIII. Se compone de una formidable torre del homenaje y lienzos de murallas apoyadas en 30 torres separadas de 10 a 15 metros entre sí.


Lo tomó Sancho a los árabes. Estaba España todavía en el siglo XI. Según nos cuenta la leyenda clavó orgullosamente la lanza en el punto más alto de la colina y gritó: "Desde hoy ésta será la peña fiel de Castilla. "


Pero ser peña fiel en la atormentada Castilla de la edad media no era fácil. ¿Dónde está el señor a quien seguir, si todos aseguran mejor derecho? Como cuando Urraca, reina de Castilla y León, cerca en él a Alfonso I el Batallador, curioso nombre para que le ataque una mujer que, además, es su esposa legítima hasta que el papa solucionó la guerra, nunca mejor llamada intestina.

Entre guerra y guerra, letras. Don Juan Manuel, el de los "Ejemplos" fue el principal constructor de un bellísimo edificio que hoy todavía se levanta airoso y muy blanco por encima de la llanura; es tan fuerte como sus compañeros castellanos, pero mucho más grácil y bello. Aquí nació otro intelectual triste y melancólico, un hombre de tristes destinos llamado el príncipe de Viana, que, apoyado en sus súbditos, tenía que pasar una lucha amarga con su padre y señor don Juan II de Aragón.


Pero el más famoso de sus moradores fue Alfonso X, el que promovió, animó la cultura patria. No fue un gran político -no iba a serlo todo-; más que arreglar al país procuró recordar lo que fue y ordenar su forma de vivir. En lo primero la Crónica General de España, la General e Grand Estoria, lo que hoy llamaríamos universal, con sus Siete Partidas, quiso explicar a los españoles cómo tenían que ser: Por ejemplo, los clérigos no deben ser cazadores con halcones, perros ni azores, pero en cambio sí pueden pescar y cazar con redes y armar lazos porque "ese tipo de caza la pueden hacer sin canes ni aves ni ruidos, pero aun así la deben hacer de tal forma que no se les embargue las oraciones ni las horas que tienen que decirlas".


Tampoco pueden correr monte ni lidiar con bestia brava... aunque si eso perjudica a la gente pueden ayudar a matarla (Partida 1ª, título VI). Tampoco tienen que aprender física ni leyes... porque algunos había que, por tentación del diablo sin duda, tenían ganas de ir por el mundo y hacer lo que les diera la gana encubriéndose con eso de aprender física para curar y leyes para amparar a sus monasterios.


También escribió el buen rey de sí mismo, es decir, de los monarcas que, sostenía, estaban como cabeza, como corazón y alma del cuerpo (el país) al cual manda y gobierna... En cuanto al traje tiene que vestir con paños de seda con oro y piedras preciosas "porque los hombres los pudiesen conocer luego que los viesen sin tener que preguntar por ellos". Lo que parece una razón de peso para engalanarse (Partida 2ª, Título V).


El rey tuvo que pensar también en un grave problema del reino, que era el de los judíos. Su idea es muy clara. Es una minoría que, mientras se mantenga en sitio, hay que respetar por ello no se les debe llamar ante la justicia el sábado, su día santo. Pero en cuanto intenten mezclarse... por ejemplo en el amor: "Atrevimiento y osadía grande hacen los judíos yacen con las cristianas y por ello mandamos que todos los que se les probare mueran por ello." El Rey Sabio no lo sería si no explicara sus órdenes. Esta es la razón de la sentencia: "Porque si los cristianos que hacen adulterio con mujeres casadas merecen por ello la muerte, mucho más la merecen los judíos que yacen con las cristianas que son espiritualmente esposas de nuestro señor Jesucristo, por razón de la fe y el bautismo que recibieron en nombre de él" (Título 24, ley 9).


Y luego habló de las estrellas: Libros del saber de astronomía y de ajedrez, y de los dados. Habló prácticamente de todo, aunque quizá por ello hiciera poco.

Curiosamente, Peñafiel se asomará también a la historia en un momento en que los castillos parecen haber quedado definitivamente fuera de moda. En 1836 los carlistas, decididos a terminar la guerra civil que llevan desde hace tres años con los partidarios de Isabel II abandonan por vez primera sus montañas vasconavarras y bajan a la meseta. Peñafiel les verá entrar con más de mil infantes y ochenta caballos en la expedición del general Gómez. Se llevaron como soldados -todo menos voluntarios- a 120 mozos y mucho menos voluntariamente les dieron veintisiete mil pesetas, que en aquella época era una verdadera fortuna.

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