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domingo, 28 de diciembre de 2008

Alcázar de Sevilla


Del Alcázar de Sevilla, vieja fortaleza y residencia de los almohades y de los reyes taifas edificada el año 712, quedan algunos restos en el actual, que es el resultado de las múltiples reformas efectuadas después de la reconquista de Sevilla en 1248. Su parte más espectacular, el palacio construido por Pedro I el Cruel en 1364-1366,tiene dos núcleos principales, centrados en el «patio de las doncellas» y el «patio de las muñecas». Posteriores reformas añadieron estancias fastuosamente decoradas en estilo mudéjar y plateresco.

Todavía más difícilmente que en el caso de Granada cuesta «ver» ese palacio sevillano como una fortaleza; el olor de ,jazmines y azahar impide sentir el de la pólvora o el de la sangre que tantas veces se respiró en él. Las mismas flores y matas hacen difícil distinguir la muralla defensiva que va por la plazuela de los Caballos, por la Borceguinería hasta las calles de los Toqueros y del Vidrio.
La verdad es que fue fortaleza, dura fortaleza, pero todos sus dueños se complacieron en adornarla. El más famoso de ellos fue Mutamid, el rey poeta, que casó con una esclava sólo porque ella supo completarle un verso hecho al Guadalquivir. Decía el rey, improvisando, que cuando soplaba el céfiro la superficie del río se parecía a una cota de mallas y ella siguió diciendo que al helarse sería la más dura armadura del mundo. Porque el poeta, en la gran tradición árabe, era también guerrero y unía los cantos al amor con los cantos a la milicia. Por ejemplo mirando la noche, con Orión levantándose en el cielo: "Así soy yo en la tierra, entre escuadrones y mujeres hermosas que alían el esplendor con el alto rango.

Si las lorigas de los guerreros esparcen tinieblas, los vasos de vino de las doncellas nos llenan de claridad.

Y si las esclavas cantan acompañándose de la cítara, las espadas no dejan por eso de cantar también sobre los cascos enemigos."

Se le planteó el dilema de tantos jefes. Tenía que llamar en su ayuda al poderoso Yussef el almorávide para vencer a Alfonso VI, a riesgo de que el aliado lo fuera mientras le conviniera. Mutamid se decidió por su deber de creyente y lo hizo. Yussef le depuso, le apresó y le mandó a Africa a morir. Allí compuso nostálgicos poemas recordando los dulces tiempos sevillanos.

"¿ Cuántas noches pasé deliciosamente junto al recodo del río con una doncella cuya cadera emulaba la curva de la corriente?

Se pasaba el tiempo escanciándome el vino de su mirada y otras veces el de su vaso y otras el de su boca."

Un par de siglos después, en el Alcázar no hay ya jardines que cantar ni escuadrones que revistar. Alá no ha podido impedir que unos rudos guerreros consigan levantar el pendón de Fernando III el Santo en la torre octogonal. Ha sido la empresa más increíble, el golpe más decisivo de la Reconquista. Rompieron los barcos de Ramón Bonifaz las cadenas que los infieles habían puesto para impedir el paso "y viendo los moros que no podían acceder a ninguna cosa de las que amaban y querían... se tuvieron que acoger a hacer la voluntad del rey; que vaciasen la villa y la dejasen libre... y los moros tenían que dejar sus haberes y sus armas y sus cosas y que de esta manera dejasen Sevilla. Y una vez que la orden fue firmada en todas partes, los moros entregaron el Alcázar de Sevilla al rey don Fernando. Mandó poner el rey su bandera encima de la torre diciendo todos los cristianos "Dios ayuda" y dando gracias a Nuestro Señor.

Lo relata un cronista que para su labor en este caso tenía conocimiento del hecho de primera mano: el rey Alfonso X el Sabio, hijo de Fernando III. El que luego concedió a Sevilla, que se mantuvo fiel en las luchas intestinas, el lema «Nomadejado» que luce en jeroglífico en el escudo de la villa con las sílabas NO y DO separadas por una madeja.

1369. El Alcázar se ensucia con un terrible asesinato. Pedro recibe a su hermano Fadrique, maestre de Santiago de quien recela y a quien ha decidido matar. Don Fadrique acude con muchos hombres y el rey por ello le despide citándolo para más tarde.

Cuenta el canciller Pedro López de Ayala entonces una visita protocolaria preñada de sentido: "Marchó entonces el Maestre y fue a ver a doña María de Padilla y a las hijas del rey que estaban en otro sector del Alcázar, que dicen del caracol. Y doña María sabía lo lo que estaba acordado en contra el maestre y cuando lo vio puso una cara tan triste que todos lo podían entender que ella era dueña muy buena... y no estaba de acuerdo con las cosas hechas por el rey y le afligía mucho la orden de muerte que habían dado al maestre."

Este se despide sin notarlo, va en busca de sus hombres y descubre que todos habían salido por orden de la guardia.

Asombrado vuelve con el rey y éste ordena a sus ballesteros: "¡Matad al maestre!" Sobreviene una escena dramática. Don Fadrique salta al corral "y echó mano a la espada, pero no la pudo sacar y cuando intentaba sacarla, se le trababa la cruz de la espada en la correa, de manera que no la pudo sacar". Y allí terminó a mazazos de los sicarios de un rey que acabaría sin vida en manos de su otro hermano, Enrique... Tras la sangre florecieron las rosas. El Alcázar fue cada vez más palacio, las murallas parece que se han conservado sólo para proteger las flores, los distintos señores de España lo han considerado siempre su más bello rincón que cuidar y enseñar al ilustre visitante de lejanas tierras...

Sí, hoy el olor de la sangre se ha desvanecido en entre los arriates del Alcázar... como ha perdido simbolismo una defensa adelantada del castillo junto al río.

Arenal de Sevilla y olé
Torre del Oro
donde las sevillanas y olé
juegan al toro.

Hubo un tiempo en que los sevillanos a su sombra jugaban verídicamente a la guerra. La construyó Abu-el Ola y se eleva exenta, dodecagonal, coronada de almenas en la margen izquierda del río Guadalquivir. Era como el centinela avanzado del alcázar, asomado a las aguas del río para dar la alarma primero y resistir después la embestida del enemigo, dando tiempo a su hermano mayor para que se pusiera en guardia.

Sirvió además para guardar el oro de Pedro el Cruel y más tarde el que venía de América y le dio el nombre que hoy lleva.

Texto de: Fernando Díaz-Plaja

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