sábado, 20 de diciembre de 2008

Castillo de Monzón


El castillo de Monzón (Huesca), cuyas murallas exteriores son de ladrillo, fue cedido a los templarios por Ramón Berenguer IV en 1143.
Pasó su infancia en él Jaime I el Conquistador, bajo la tutela de Guillermo de Montredón, gran maestre del Temple. Cuando la orden de los templarios fue disuelta, Jaime II cedió el castillo en 1318 a los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Fue el lugar donde con mayor frecuencia se reunieron las cortes de Aragón, desde las primeras de 1134 hasta las últimas, en 1701.

De abajo arriba, encaramándose por el cerro, van sucediéndose las murallas de forma distinta, de distinta estirpe y linaje. Siglo a siglo fueron apoyando las defensas sucesivos monarcas y señores. Encima de todas, como sobre un pedestal de rocas, el primitivo castillo, sólidos todavía sus torreones, asomándose al paisaje aragonés por ventanas árabes...
Monzón fue residencia superior de la orden del Temple, una institución de la que hoy se sabe poco, no por falta, sino por sobra de documentos casi siempre contradictorios. Fue una orden de monjes soldados cuya misión inicial era defender el Temple (templo) de Jerusalén contra los sarracenos, gente que sacrificó vidas y haciendas en los Santos Lugares primero y, cuando terminaron inútilmente las Cruzadas, para seguir luchando contra la morisma donde fuera, en España por ejemplo. O bien: fue gente rapaz y egoísta que, bajo el manto blanco, ocultaban un ansia de riquezas que les llevó a los mayores crímenes para conseguirlas. La segunda versión es naturalmente la de sus enemigos mortales y fue la que dictó su suerte primero - abolida en Francia, aquí lo hizo Fernando IV -, y su maléfica leyenda después. Sólo en los casos de masones y jesuitas hay parangón con las historias que se contaron de los templarios....
Historias fantásticas que tenían que atraer a los escritores que más gustan de alejarse de la realidad: los románticos. Así, el enemigo más fuerte de Ivanhoe (de Walter Scott) es templario, y templarios aparecen en novelas españolas del mismo tiempo. Los describe Gil y Carrasco en la primera visión de la capilla que se ofrece al nuevo profeso, el señor de Bembibre. "Entonces abriéndose las puertas de par en par... la iglesia tendida de negro con un número muy escaso de blandones de cera amarilla y verde encendidos en el altar. En sus gradas estaba el maestre, sentado en una especie de trono rodeado de los comendadores de la orden y más abajo, en semicírculo, se extendían los caballeros; envueltos en sus mantos blancos parecían otros tantos fantasmas lúgubres y silenciosos." Don Alvaro hace juramento de obediencia ciega al maestre, votos de castidad perpetua y pobreza absoluta. Promete guardar riguroso secreto sobre los usos, ritos y costumbres de la religión. Le tapan con un manto mientras cantan salmos penitenciales, y, cuando le descubren, la iglesia está adornada como para una fiesta, retiradas las colgaduras negras, velas blancas encendidas en las manos de todos. Era como la celebración de un recién nacido; entraba un nuevo caballero en el Temple..
Tras el sueño - o pesadilla - del Temple, Monzón se asoma de nuevo a la historia por las Cortes que en ella se reúnen - 1362, 1383, 1389, 1435 -,... Cortes que el monarca aragonés llamaba casi siempre para pedir subsidios para sus próximas guerras o para que jurasen al príncipe heredero; Cortes que los convocados representantes de la nobleza y del clero, pero especialmente del estado llano, los mercaderes y los campesinos, aprovechaban para exigir reformas, casi siempre fiscales. Que no se pudiera imponer nuevos pechos (impuestos) sin oírlas antes, que no se permitiera enajenar posesiones de la corona para hacer más poderosos a los nobles, que se pusiera orden en la casa real....Los reyes acostumbraban en esos casos a conceder las cosas fáciles y a prometer tomar en consideración y decidir tras madura reflexión las más complicadas... o sea las que les iban a costar enemistarse con algún noble, o dinero. Mientras duraban las sesiones, los cortesanos hablaban amistosamente con los representantes del pueblo que, a pesar de sus recelos iniciales, no podían evitar un cierto envanecimiento por esa amabilidad desusada; les ponían en contacto con el rey y éste acababa por llevarse el subsidio solicitado.
(Fernando Díaz-Plaja)

No hay comentarios: