miércoles, 10 de diciembre de 2008

Palacio de Aranjuez (Madrid)


El origen del Real Sitio de Aranjuez se remonta nada más y nada menos que a la Edad Media, época en la que un maestre de la Orden Militar de Santiago mandó construir un palacio, que más tarde pasó a formar parte de las posesiones de los Reyes Católicos. El interés que siempre demostró la monarquía española por este emplazamiento se ve aumentado en cierto modo durante la dinastía borbónica, aunque no debemos olvidar que, además de Fernando el Católico,también su nieto, Carlos V, y el sucesor de este último, Felipe II, contribuyeron al desarrollo del lugar. Felipe II incluso propuso en 1560 hacer un nuevo palacio que sustituyese al antiguo. Se comienza de este modo la construcción del que vino a denominarse Nuevo Palacio o Cuarto Nuevo, según planos trazados por Herrera, prestigioso arquitecto español al que debemos la espléndida obra de El Escorial, levantado, como ya es sabido, para el monarca Felipe II. Además del mencionado Cuarto Nuevo, a Felipe II le debemos la inauguración del primer jardín botánico. A pesar del interés mostrado por este rey hacia el Real Sitio de Aranjuez, la fortuna no acompañó a sus construcciones, víctimas de un nefasto incendio que acabó con ellas en el año 1665, habiendo llegado hasta nosotros de todo aquel complejo palaciego únicamente la torre del lado sur, hoy en día muy modificada en su aspecto exterior con respecto a su imagen primitiva.

En este ambiente desolado será dónde nuestro primer Borbón, Felipe V, decida continuar los planos de Herrera, cuyas obras se comenzaron en 1715. Para ello hubo de ser derribado el palacio maestral de época medieval, para levantar otro cuerpo, cubierto por cúpula, parecido al existente en el lado norte. En el lado este se construyó el actual cuerpo del edificio con el gran patio central.

También Carlos V aportó su granito de arena a la configuración del actual complejo palacial. El nuevo monarca amplió la construcción con dos alas más hacia poniente, ambas forman lo que hoy conocemos como plaza de armas. En el extremo del ala derecha se levantó la iglesia palatina, en el extremo del ala izquierda se planteó la construcción de un teatro que nunca llegó a levantarse. Durante los reinados de Carlos III y de Carlos IV Aranjuez alcanzará su momento de mayor auge y prestigio, convirtiéndose en uno de los lugares preferidos por la Corte para su recreo. En esta segunda mitad del siglo XVII es cuando se termina el Jardín del Príncipe y la Casita del Labrador.

A lo largo de los años fueron numerosos los maestros arquitectos encargados de planificar y dirigir las construcciones. Juan Bautista de Toledo es el primero de ellos, reemplazado a su muerte por Juan de Herrera. De su construcción sólo nos ha llegado la torre anteriormente mencionada, en la que a pesar de su estado actual, se puede apreciar la mano de su arquitecto. A partir de 1568 Juan de Herrera se pone al frente de las obras. A éste le sustituyeron diversos maestros como Marchand, Brachelieu, etc. durante el reinado de Fernando VI. Pero será Santiago Bonavía, que empieza a trabajar en la fábrica de Aranjuez tras el incendio acaecido durante el reinado de Fernando VI, el que introduce ciertas novedades respecto al primer proyecto trazado por Herrera. Así, en la fachada de marcado caracter herreriano introduce algunas novedades como la colocación de las estatuas de los monarcas Felipe II, Fernando VI y Felipe V. Además construyó la escalera principal del palacio, que había quedado muy dañada tras el horrible incendio. Para ello, Bonavía acrecentó la fachada central a siete vanos y cuatro pisos. También participó en la capilla de San Antonio, construyó una presa y diversos puentes sobre el Tajo, y fue el encargado de dirigir la remodelación y redecoración de algunas estancias y habitaciones.

Finalmente es ineludible citar la actuación de Francisco Sabatini, al que debemos la proyección de las dos alas laterales del palacio.

El palacio quedó constituido en su parte central por dos pisos: uno primero de ventanas y otro de balcones que se abren en paramentos de ladrillos rojos flanqueados por pilastras de piedra blanca de Colmenar. Estos dos materiales se repiten a lo largo de todo el edificio. El conjunto, en su totalidad, aparece rematado por una bella balaustrada, igualmente realizada en piedra de Colmenar. Dicha balaustrada se ve interrumpida hacia la mitad de cada una de las alas laterales, donde se levanta un frontón rectangular rematado por trofeos guerreros y una inscripción en la que se nos informa de la fecha de inicio y terminación de la obra.

El cuerpo central está dividido en tres pisos en la parte central, y dos pisos mas tejado de pizarra a ambos lados del cuerpo central, que aparece rematado con un gran frontón presidido por el escudo del monarca Fernando VI. Se corona el conjunto con una balaustrada que alberga las estatuas de los tres reyes mencionados con anterioridad. Sobre un pórtico de cinco arcos se levanta, hasta la altura del segundo piso, un terrado al que abren cinco balcones entre pilastras adosadas, de capitel dórico. En el piso superior, las pilastras son jónicas, dando una típica superposición de órdenes, y, tanto en uno como en otro, los balcones se ven rematados por frontones de medio punto que alternan con otros triangulares. En los dos frentes de poniente de las alas laterales se levantan terrazas semejantes a la central sobre arcos.

Las fachadas norte y sur son muy semejantes, se usan los mismos materiales, es decir, ladrillo alternando con la piedra blanca de Colmenar. También poseen un remate a modo e balaustrada. Ambas están construidas en dos cuerpos: uno que corresponde al alargamiento de Carlos III, formado de dos pisos y un entrepaño, y el otro, de mayor altura, tiene tres pisos terminando en un tambor con cúpula; la del lado sur corresponde a la iglesia levantada en tiempos de Felipe II.
La fachada sur posee una galería con arcos de medio punto que soporta una terraza, ésta es una de las diferencias con el lado norte. Tanto esta galería que cierra el jardín de las Estatuas, como las Casas de Oficios, se levantaron en tiempos de Felipe II.

La fachada este denota un gran saliente en la parte central que se corresponde con un gran patio levantado por Caro Idrogo siguiendo los planos de Juan de Herrera. Está rodeado por los jardines de las Estatuas, del Parterre y de la Reina.

En el interior del palacio se conservan valiosas piezas de mobiliario de distintas épocas como relojes imperiales, candelabros, tocadores etc... Además pinturas de grandes artistas como Lucas Jordán (como tres pinturas sobre la vida del rey Salomón, en la Sala de Guardias de la Reina), Brueghel (una obra llamada Florero en el Despacho de la Reina), Salvador Maella (una Inmaculada) Bayeu, Mengs (un Cristo en la Cruz en el Dormitorio del Rey), José de Madrazo, etc.

Las estancias más interesantes son: el Gabinete de porcelana, en el ángulo noreste, decorada por artistas italianos con motivos vegetales, animales, geométricos etc. además de grupos de figuras chinescas sobre las ménsulas de influencia francesa.

Constituye una obra capital de la Fábrica de porcelana de los Jardines del Buen Retiro, establecida en 1960 por Carlos III. En el ángulo sureste se encuentra el famoso Salón de los Espejos, decorado y amueblado bajo la dirección de Juan de Villanueva, a base de una decoración menuda con influencia del típico "grutesco" del siglo XV. Es la sala mejor conservada y la más espectacular de la obra de Carlos IV y María Luisa. Resulta curioso el Gabinete Árabe, decorado en época de Isabel II por Rafael de Contreras, granadino que se inspiró en la sala de las Dos Hermanas de la Alhambra.

Varios jardines servían de paseo y entretenimiento, con sus fuentes y estatuas de tradición clásica, al mundo cortesano de la época.

Entre ellos el Jardín de la Isla, el Jardín interior de Felipe II, o el Jardín del Parterre, realizado entre 1718 y 1746, adornado con cuatro estanques con grupos escultóricos en el centro, obras de Joaquín Dumandré. Pero sin duda alguna el más característico de los jardines del Real Sitio de Aranjuez es el del Príncipe, situado entre el Tajo y la calle de la Reina, en sentido horizontal, y entre los Puentes de las Barcas y de la Reina, en sentido transversal. Se construyó en época de Carlos III, y fué realizado en parte, por Juan de Villanueva. Al final de este Jardín se construyó un palacete neoclásico, obra de González Velázquez, conocido como la "Casa del Labrador". Su decoración es una mezcla de neoclasicismo, el estilo imperio, el rococó, e incluso, el pompeyano.

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