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viernes, 9 de enero de 2009

Castillo de Sigüenza (Sigüenza-Guadalajara)


Destaca en la meseta de un altozano que domina la ciudad mitrada, un histórico palacio-fortaleza, o mansión señorial durante siete siglos, que fue testigo de sangrientas escenas en tiempo de los árabes, así como en época ya de los cristianos, de los temores y las lágrimas de una desgraciada princesa. El imponente alcázar de Sigüenza, desde remotos tiempos fue destinado a morada de los obispos de la diócesis; y en uno de los robustos torreones, donde está la cámara decorada con labores del renacimiento estuvo recluida doña Blanca.

El alcázar, situado al sur de la ciudad, es árabe con reconstrucción románica del siglo XII, complegada en el XV por el cardenal Mendoza, que lo ensanchó haciéndolo capaz para mil hombres y tantos caballos como días tiene el año. Sin perjuicio de su carácter o finalidad militar, fue habilitado para vivienda fortificada de los prelados diocesanos, que lo moraron hasta la primera guerra carlista. En 1836, Ramón Cabrera y Griñó, famoso general carlista y el caudillo Quílez, que le acompañaba, entraron en Sigüenza, y se refugiaron en el castillo. Acababan de fusilar a la madre del Tigre del Maestrazgo, sin formación de causa. Este hecho contribuyó, naturalmente a exacerbar la cruedad de Cabrera, aumentando los horrores de la guerra, que llevó adelante con actos de verdadera ferocidad, motivando esta circunstancia que, al retirarse los carlistas de Sigüenza, por la persecución de las fuerzas liberales, ordenase el caudillo citado la casi demolición del castillo.

En la actualidad, este alcázar ha sido restaurado, albergándose en él un magnífico parador nacional. No obstante, al entrar en sus aposentos nos viene el triste recuerdo de la reina doña Blanca de Borbón, tan injustamente recluida aquí por su esposo Pedro el Cruel, que la desechó para siembbre al día siguiente de su boda.

En la actualidad, este alcázar ha sido restaurado, albergándose en él un magnífico Parador Nacional. No obstante, al entrar en sus aposentos nos viene el triste recuerdo de la reina doña Blanca de Borbón, tan injustamente recluida aquí por su esposo Pedro el Cruel, que la repudió para siempre al día siguiente de su boda.

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