lunes, 2 de marzo de 2009

Castillo de Campolongo (Puentedeume)


En esta villa medieval, cerca del mar, se levantó en el siglo XIII el castillo de Campolongo, que había de ser luego alcázar de los Andrade, finalmente restaurado por el duque de Alba. Pero aparte de este palacio del conde de Lemos, se conserva la torre mayor del antiguo castillo, que también fue reformado. El monumento nacional, palacio-fortaleza de los condes, es un conjunto de obras de distintas épocas, de planta rectangular, de 38 por 25 metros el cuerpo principal, más otros dos rectángulos más pequeños adyacentes, que dejan entre ellos un patio de tres alas con trece pilares de piedra sustentantes de zapatas de madera. Cierra el cuarto lado un muro con tres arcos apuntados del siglo XV, como el arco conopial de la puerta de la gran torre y escalera de la misma. En la fachada campea un gran escudo delconde de Lemos, del siglo XVII. Es de grandioso aspecto, digno de su historia y de sus leyendas, aun cuando no pueda competir con otros mayores de esta misma región gallega; pero lo hace notable la fortaleza de su obra, la esbeltez de su torre del homenaje y, sobre toda otra circunstancia, lo admirable de su emplazamiento, al punto de que quizá no haya en la región otra fortaleza que más propiamente merezca el nombre de «castillo roquero», digno modelo de los encumbrados en peñas bravas, que con toda energía mandaron derrocar los Reyes Católicos a comienzos del siglo XVI.

Afecta la forma de un polígono irregular, cuyos muros se amoldan a la perimetría o configuración del peñasco sustentante, reforzando los ángulos con pequeños torreones y defendiendo la única entrada posible con torres de base rectangular. La solitaria obra, de ajustada sillería, es de arquitectura tan bella como recia. Después de cruzar la gran puerta de entrada (situada a levante) y la plaza de armas, se llega a la torre del homenaje, levantada en uno de los ángulos. Es fuerte y esbelta, rodeada de foso y doble recinto amurallado y tuvo puente levadizo. Sus muros son casi de 3 metros de espesor; su anchura 10, y 20 su altitud sobre la plaza. Bajo sus tres plantas oculta un profundo subterráneo, cavado en la dura peña. Como todas las construcciones militares de la Edad Media, sus resistentes paredones apenas abren paso a la luz que filtran angostas saeteras, ni se ornamentan con otras galas arquitectónicas que las sobrias de su propio servicio y el especial trazado de sus puertas y ventanales que rasgan los muros. Los sillares son de hiladas regulares, y los alzados, soberbios. Su situación estratégica es la principal defensa. Y así pudo triunfar esta fortaleza no solamente de las luchas del feudalismo y los embates de los hermandinos, sino también de los embates del tiempo y la rapacidad de los hombres.

Salvo las obras interiores, ya perdidas, el estado de conservación del castillo es bueno, pues fue restaurado no ha muchos años por el arquitecto señor Tenreiro, a expensas de su propietario, el duque de Alba y conde de Andrade. Su reedificación interior no ofrece dificultades, y sería obra plausible para evitar su deterioro y facilitar el acceso hasta la terraza.

Derruido o abandonado el primitivo castillo que se había erigido en la limítrofe parroquia de San Martín de Andrade, débese la actual fortaleza al conde de Andrade, Fernán Pérez el Bueno, valido de Enrique II de Castilla y I de Galicia, por donación que este monarca hizo a aquél: el tronco del marquesado, que después vino a parar a la casa de Lerma y, finalmente, a la de Alba. Cuando en 1369 intentó dicho conde levantar el actual castillo, opusiéronse a ello los monjes de Sobrado, por cuyo motivo se retrasó la construcción, que en 1377 ya estaba terminada. Y fue testigo esta fortaleza de todas aquellas turbulencias que asolaron las tierras de Galicia en las postrimerías del siglo xv y que promovieron el levantamiento de los hermandinos, que en 1476 desmantelaron casi todas las fortalezas de Galicia, y cuyos principales jefes –entre ellos Alonso de Lanzós - es fama que perecieron entre las húmedas paredes de los sótanos de este castillo.
En él halló protección don Enrique de Trastámara, huyendo de su hermano el rey don Pedro de Castilla. Un publicista del pasado siglo nos lo describía como situado a 3 kilómetros de Puentedeume, sobre el enhiesto peñón, dominando parte de la encantadora Mariña. Desde la torre del homenaje, una muralla de 25 metros conduce a una torre cuadrada, y después, otra de 15, a las que defienden la entrada del castillo, cuya puerta surmonta el escudo de Andrade con inscripción ya borrada. Desde allí, otra muralla se dirige al norte, donde la torre mayor cierra la fortaleza; torre de cerca de 30 metros, que encumbra sus almenas a 75 sobre la base del peñón y es de planta cuadrada y de fortísima obra, revestida de sillares. Su frente mide 10 metros de anchura, mostrando una pequeña puerta, perdido ya el puente levadizo. Tuvo tres plantas y sótano, aquéllas de madera, y la superior, abovedada.

De piedra labrada fue el restante castillo, ya perdido. Un aljibe vaciado en la peña recogía las aguas pluviales. El señor de la fortaleza tuvo en su interior las habitaciones para su vivienda. El conjunto rodeábase de foso profundo y contraescarpa. Cuando reinó Enrique I de Galicia - II de Castilla -, en 1371 otorgó privilegios al condado de Andrade, que reforzó este castillo, al que unió Juan I, en 1379, el señorío de Villalba sobre los de Puentedeume y El Ferrol.

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