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viernes, 10 de abril de 2009

La Alhambra y la alcazaba. (Granada)


«(Corona de piedra en la que incrustó cada rey uno de sus tesoros; libro en que procuraban todos ellos consignar su gloria desde Alhamar, su fundador. Cada piedra es una leyenda y cada patio una lección para la historia del Arte. Creció de siglo en siglo, y de día en día fue aumentando su esplendor. Cuando estuvo cubierta de oro y colores, ciñó de jardines sus murallas, cuando, a la caída de sus reyes, era ya diadema de Granada.» Así dijo de la Alhambra Pi y Margall en su libro Granada.
Sopena de dejar en esta página un lunar más a sumar a otros de este libro, casi podíamos prescindir de la descripción de la Alhambra, cuando tantas y tan buenas se han publicado ya en otras obras de arte y de historia, en guías de turismo y en artículos de revistas, tanto en España como en el extranjero, con respecto a este monumento, cuya fama rebasó los linderos de la patria para repercutir por todo el mundo. Gómez-Moreno, catedrático de Arqueología árabe en la Universidad Central, en un artículo que publicó en El Arte en España, afirmó, con razón, que este magnífico alcázar empezó siendo uno de tantos castillos como en las guerras civiles del siglo IX ayudaban a mantener la comarca granadina sometida y aún rebelde al poder de los emires cordobeses. El recinto de la alcazaba, sita en la punta del cerro que domina la población, no era grande, ni sus defensas considerables, y por los matices de sus muros y colorido de las rocas en que se asentó recibió la denominación de Calat Alhamrá (Castillo Rojo), en 888. A su sombra creció la población, que hubo de amurallarse en unión del castillo, quedando incorporado éste a aquélla, como amparo o amenaza de Granada, cuyo señorío pendía del dominio de la alcazaba. Cuando en el siglo XIII se afirmó en el gobierno de Granada la dinastía mora de los reyes nazaríes, Mohamed-ben-Alhamar sentó su morada en la Alhambra, reforzando sus fortificaciones, levantando nuevos muros y defensas, así como las torres de la Vela, del homenaje y otras; abasteció de aguas el castillo, trayéndolas del Darro; amuralló su vivienda y quizá construyese jardines y otras obras, que continuó su hijo y el tercer rey Mohamed, a quien se debe la mezquita real, luego convertida en iglesia de Santa María. Pero la gran masa arquitectónica de la Alhambra se debe a la otra dinastía del siglo XIV. El xv fue de progresiva decadencia, y a fines de dicha centuria, en los albores del año 1492, los Reyes Católicos conquistaron Granada, sustituyendo, en la torre de la Vela, de la Alhambra, la media luna por la Cruz, coronando con tan fausta victoria la epopeya de ocho siglos de reconquista, que inició don Pelayo en Covadonga y culminó el Rey Católico en la última ciudad mora de España. Boabdil salió para siempre de su dorado alcázar, entregando a los Reyes Católicos sus llaves con las de la ciudad perdida.
Ya cristiano el castlllo-palacio, sus nuevos dueños lo repararon, valiéndose de los mejores artífices moriscos. En el siglo XVI perjudicaron la obra el terremoto de 1522 y la explosión de 1590. La reparación del XVII le hizo perder carácter moruno, y en el XVIII el abandono fue ya completo. Para las tropas napoleónicas, en la guerra de la Independencia, la bellísima Alhambra granadina no mereció, sin duda, más consideración que la de un vulgar castillo, que, al abandonarlo en 1812, bárbaramente lo volaron en parte. Isabel II inició la restauración, que en nuestros tiempos se intensificó, en el meritísimo monumento nacional. Y como fortaleza no nos interesa el palacio que el emperador Carlos V comenzó a construir dentro del recinto de la Alhambra.
Sánchez Cantón señala la iniciación del apogeo de la Alhambra a mediados del siglo XIII, bajo Mohamed-ben-Alhamar, que edificó la parte que se llama alcazaba, si bien el maravilloso conjunto actual lo construyeron Yusuf y su hijo, levantando el primero la muralla, con sus veinticuatro torres que circundan la montaña (las del noroeste, cobijando los palacios), y Mohamed VII fue quien decoró maravillosamente una de las torres mayores, sin que nada notable añadieran ya sus sucesores. Y señala este autor como detalles más notables interesantes para nuestro estudio, en el monumento, las puertas de la Justicia y del Vino, patio de los Arrayanes o de la Alberca, pórtico del siglo XIV, salón de Comares o del Trono, patio de los Leones (de 28,50 por 16 metros su planta), sala de Dos Hermanas (de tiempo de Mohamed V), con el mirador de Lindaraja, salas de los Abencerrajes, de los Reyes y otras (con bellísimas yeserías y azulejos), torres, baños, etc.
Lo primero que hemos de ver en la real fortaleza es la puerta de la Justicia, que se construyó a mediados del siglo XIV, grave y sencilla, al fondo de un torreón y a través de un arco de herradura. Los Reyes Católicos la mandaron surmontar con una imagen de la Virgen María. Traspuesto este arco gigante, de primitivas puertas herradas, y los tres espacios abovedados que cobijan la rampa hasta la plaza de los Aljibes, penetraremos por la puerta del Vino, dejando la alcazaba a un lado y el palacio de Carlos V al otro, para visitar el palacio real moro, que es único en el mundo y edificado en la Edad Media. Está formado de tres grupos principales de edificación, el primero (en parte arruinado y en parte rehecho), con la torre Machuca, el Mejuar y el mihrab u oratorio musulmán. Por el patio colindante con pórtico y sala se penetra, por la magnífica fachada de doble puerta, al palacio de Comares, que es la segunda y principal parte de la Alhambra o palacio de los reyes moros granadinos. Su salón del Trono, contenido en gigantesca torre, es de cuadrada planta, de más de 11 metros por lado, con magnífica y alta bóveda de maderas ensambladas y policromadas de fantásticos dibujos estrellados. Los muros se cubren de yeserías minuciosamente decoradas, y los zócalos son de bellos alicatados. Precede a este gran salón la sala de la Barca, cuyo dorado techo de madera se incendió, y el patio de la Alberca o de los Arrayanes, de 36 por 23 metros en su piso cuadrilongo, muestra en su centro un prolongado estanque, que sirve de espejo a las puertas y ventanas de las salas que las abren a este gran deslunado. Al cuarto de Comares recaen los baños, casi subterráneos, con bóvedas taladradas y arcos sustentados por columnas, al estilo de todos los baños árabes. A su vez, comunican con la sala de las Camas. Contiguos están el patio de los Cipreses y el jardín de Lindaraja. Los salones altos tienen techumbres y decoración mural ya renaciente de la restauración cristiana. Es de notar que todas las decoraciones primitivas se enriquecen con inscripciones arábigas en las cenefas, con versículos del Alcorán o poemas muslímicos. Y la tercera parte del palacio moro es a base del magnífico patio de los Leones, verdaderamente maravilloso por los claustros árabes de la última época. La taza del surtidor central la sustentan doce leones de piedra, que han dado nombre a este patio, que, contemplado desde la entrada a través del templete extremo, rememora los cuentos de hadas o los palacios encantados de Simbad el Marino en Las miil y una noches. Las galerías laterales comunican con viviendas quizá de las favoritas. En el ángulo sudoeste está el elevadísimo portal de elegante cúpula gallonada. Hay que ver la vecina sala de Dos Hermanas, original estancia del palacio, con su bóveda de almocárabes amedinados con prodigios de decoración, y el afiligranado mirador de Lindaraja, uno de los bellos detalles de la romántica mansión. A la parte opuesta del patio de los Leones está la sala de la Justicia, y fuera del edificio, separado del fortificado palacio, el arruinado cementerio real, donde fueron enterrados los despojos de los reyes moros creadores de estas raras maravillas que aún hoy hace famoso en el mundo este castillo guerrero que terminó siendo palacio real.
La alcazaba, otro monumento nacional de Granada, fue construida sobre restos de otra fortaleza visigoda en el siglo XI, con piedra, cal y arena, en fuerte hormigón. Las torres son macizas y esquinadas de piedra en sus bases. Se conserva bien en la parte de las puertas de Bibalbonud, Hernán Román, Nueva y Monaita.


(Castillos de España de Carlos Sarthou Carreres)

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