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jueves, 19 de enero de 2012

Castillo de Agreda

Tres reinos, Castilla, Aragón y Navarra, y tres culturas, cristiana, árabe y judía (en inusual convivencia), dejarían durante siglos su impronta en la historia, el arte, la arquitectura y las costumbres de la villa de Ágreda. No en vano contó con una de las aljamas y comunidad mudéjar más importantes de su época.


Cuatro son los recintos murados que acogieron la villa, singulares en cuanto a su forma, no como ampliaciones una de otra, sino como conjuntos independientes que se fueron levantando a medida que la población crecía como consecuencia de las repoblaciones procedentes de su entorno, desde San Pedro Manrique o Yanguas. La Muela es el centro de esta primera barrera defensiva, de época califal o emiral, realizada a tizones y donde se encuentra la torre o castillo de la Mota. Se conservan dos accesos con arco de herradura (aunque se sabe que tuvo al menos dos más), algunos muros, y la torre, muy posterior y de origen cristiano.


A partir de Alfonso VII, una vez cristiana la villa, se levantan los demás recintos. El segundo, levantado por el crecimiento de la ciudad debido sobre todo a los nuevos vecinos procedentes de Yanguas, en la margen derecha del bicéfalo río Queiles (el otro tramo nace en Vozmediano), y algo más alto que el primero, contó con cinco puertas, de las que se conservan tres: las de Santo Domingo, los Pilares y la de Almazán. El tercer recinto se construyó para protección de los repobladores procedentes de Magaña y San Pedro Manrique, y cubría de forma irregular las iglesias de sus barrios. Contaba con un fuerte torreón (el de Costoya) y al menos cinco puertas. El último, algo posterior, contaba con otras cinco puertas en torno a San Miguel.


El origen de Ágreda lo encontraremos en sus escasos restos romanos. Tuvo que ser enclave de relativa importancia, no sólo por el trazado de una de las más importantes vías romanas, la de Astúrica (Astorga) a Caesaraugusta (Zaragoza), pasando por Augustóbriga (Muro de Ágreda), sino también por el estratégico lugar que ocupa, en la cabecera del tajo que nos llevará hacia Aragón y Navarra por Tarazona.


Como es habitual, hay poca noticia de su época visigoda, hasta el siglo X en que se construyó el primer recinto, ya bajo la dominación árabe. Las primeros ataques de la reconquista contra Agrita ocurren en el siglo siguiente de mano de los reyes Navarros y Aragoneses, y se consolida bajo el mandato del batallador aragonés en 1118, que llegará en sus luchas hasta Zaragoza.


Desde ese momento y hasta el siglo XV, su situación fronteriza entre los tres reinos hará que sea objeto de disputas entre Castilla, Navarra y Aragón en repetidas ocasiones. Resultado de éstas sería la reiterada oposición agredeña al sometimiento de señoríos impuestos de una u otra manera: el Trastámara Enrique entregaría Ágreda a Mosén Claquín (Beltrand Duguesclin, como pago por su colaboración en el fratricidio de Pedro I el cruel); Enrique III haría lo propio con los Hurtado de Mendoza; o a Don Beltrán de la Cueva años después Enrique IV. En todos los casos hubo tan seria oposición de los caballeros de la ciudad que tuvo que recurrirse a algún que otro arreglo, como el intercambio de Almazán en el caso de los Mendoza.


Hoy la población es un hermoso conjunto de palacios, conventos, iglesias y murallas: la iglesia de San Juan Bautista, las de N. S. de la Peña, de los Milagros, de Magaña y de Yanguas, la de San Miguel, el palacio de los Castejones, los arcos y puertas de las murallas,... son algunos ejemplos de esta diversidad, aunque no todos se encuentran en buen estado. Aquí vivió la consejera de Felipe IV, Sor María de Jesús, en el convento de concepcionistas, y fue cuna de una numerosa lista de importantes familias nobles como los Velamazán, Castejón, Paredes, Fuerteventura,... Destaca especialmente la profunda devoción a la negra Virgen de los Milagros de no sólo los agredeños, sino de las comarcas limítrofes.


(Foto y texto de la Web de "Castillos de Soria")

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